(1) Piénsalo
- Sonó el despertador. Era un día soleado con pequeñas nubes blancas. Apagó el despertador. Se levantó e hizo la cama. Se ducho. Desayunó algo y subió a vestirse. No era un día como los demás. Mañana cumpliría dieciocho años. “Por fin”. Creía que su vida cambiaría drásticamente. Pobre. Se arregló un poco. Cogió algo de dinero y, saliendo de su casa y cerrando la puerta tras el, se dispuso a cruzar la calle.
- “¡Cállate!” El marido discutía con su esposa mientras iban al supermercado en coche. Ella solo le recordaba una y otra vez el altercado de la última vez. Él tenía la culpa y no quería reconocerlo. Pero todo aquello, al pequeño de seis años que estaba sentado detrás no le importaba. El quería permanecer en su pequeño mundo. Por lo menos ahí no tenía que escuchar los gritos de sus padres peleando siempre por esos temas de “adultos”. No quería eso, no quería estar allí, no quería que poco a poco su padre fuera acelerando más y más a causa del enfado... tenía miedo…
- “No corras… ¿cuántas veces te lo tendré que decir?” No le haría caso. Le gustaba correr entre los árboles de la acera, entre las flores que de vez en cuando nacían en los pequeños jardines delanteros de las casas. Le gustaba vivir allí. Las casas eran muy bonitas y el aire era muy fresco comparado con el del centro de la ciudad. Llevaba el vestido que le había regalado su hermano hacía cuatro meses, al cumplir los ocho años. Le gustaba su vestido. Se dirigía a la casa de su amigo con su madre. Él le producía una sensación muy extraña. Sentía como si mariposas revolotearan en su estómago. “creo que me gusta, jeje”…
- “¡No!” No estaba preparado para eso. No podía creerlo, todo había sido tan rápido… estaba confuso. “¡Ayuda!”. Tenía que llamar a la ambulancia. Su cuerpo no le respondía, la visión de aquello le había impactado demasiado. En un intento por acudir al lugar, consiguió moverse, pero tan torpemente que de repente se vio en el suelo. Dificultosamente marco el número de la ambulancia haciendo un gran esfuerzo... “mantenga la calma, una ambulancia va en camino…”
- “¿Dónde estoy?” Veía borroso. Acababa de caerse por completo su pequeño mundo, en un abrir y cerrar de ojos. Ahora estaba en una realidad más que penosa. Le dolía la cabeza. Empezaba a verlo todo claro muy poco a poco. Estaba bocabajo. “¡Mama! ¡Papa!”. No respondían. “¡¿Por qué?!”. Una pequeña corriente de sangre fluía de su cabeza, acababa darse cuenta. El miedo antes fuerte, ahora se apoderó completamente de él. Empezaba a desvanecerse… y al fin quedo inconsciente por completo... menos mal…
- Las lágrimas le brotaban incesantemente. Le dolía la pierna… no, más bien lo contrario, no se la sentía, pero lo más importante: no veía a su madre. La llamaba, pero ella no respondía. La desesperación corría por sus venas, no se podía mover. De repente vio algo, una parte del vestido de su madre. “¡No!” Estaba debajo del coche. Casi ni se veía. Al lado, ese liquido rojo que a ella tan poco le gustaba, formaba un pequeño lago que la inclinación de la calle iba trayendo hacia ella transformándose en un pequeño río. Pero la pendiente también traía otro líquido que se desplaza más ligero. De pronto, éste último río encuentra un obstáculo en su camino… “¡Mamá!”
- “… una ambulancia va de camino”. Fue lo último que escuchó en ese día, y lo último que escucharía el resto de su vida. La explosión lo había impulsado tres metros y el estruendo fue demasiado para sus tímpanos. Tampoco se podía mover, la postura en la que cayó era un poco delicada. Todo ocurrió demasiado rápido. La colilla aún encendida que un conductor habría arrojado minutos antes, el hilo de fuego y… no quería recordarlo, era demasiado. La vida verdaderamente le había cambiado…
- Solo podía llorar y balbucear algo que se parecía a “mamá”. Vio como sucedió todo y no pudo hacer nada. La colilla se encontraba a unos cuatro metros de ella. Si hubiera podido hacer eso que tanto le gustaba, correr, podría haberla apartado en un santiamén. Claro, no pudo, ni podría. A los diez minutos, que le parecieron años oyó de lejos la sirena de una ambulancia. No tenía fuerzas, había perdido mucha sangre, pero viviría, aunque ahora tocaba descansar un poco, su cuerpo y su mente lo hicieron sin preguntárselo. Poco a poco fue desvaneciendo hasta quedar inconsciente…
Paso un mes. Los dos sentados frente al televisor en sus respectivas casas. Sus vidas cambiaron completamente. Ya no sonreían, y no solo no sonreían, él quedo en silla de ruedas y sin poder oír el sonido de las olas chocar contra el pequeño muro del paseo marítimo, que tanto le gustaba. Ella tampoco podía correr, ¿cómo lo va a hacer sin una de las dos partes fundamentales? También echaba de menos a su madre.
¿Y todo esto por una colilla mal apagada y un enfado tonto y absurdo? Si. Son los detalles los que cambian el mundo. Esos detalles que a primera vista pueden ser insignificantes... Utilízalos para levantar el alma hundida de los que están a tu alrededor. Evita los que puedan dañar en lo más mínimo a los demás. La tontería más grande puede convertirse en tragedia. Piénsalo.
- “¡Cállate!” El marido discutía con su esposa mientras iban al supermercado en coche. Ella solo le recordaba una y otra vez el altercado de la última vez. Él tenía la culpa y no quería reconocerlo. Pero todo aquello, al pequeño de seis años que estaba sentado detrás no le importaba. El quería permanecer en su pequeño mundo. Por lo menos ahí no tenía que escuchar los gritos de sus padres peleando siempre por esos temas de “adultos”. No quería eso, no quería estar allí, no quería que poco a poco su padre fuera acelerando más y más a causa del enfado... tenía miedo…
- “No corras… ¿cuántas veces te lo tendré que decir?” No le haría caso. Le gustaba correr entre los árboles de la acera, entre las flores que de vez en cuando nacían en los pequeños jardines delanteros de las casas. Le gustaba vivir allí. Las casas eran muy bonitas y el aire era muy fresco comparado con el del centro de la ciudad. Llevaba el vestido que le había regalado su hermano hacía cuatro meses, al cumplir los ocho años. Le gustaba su vestido. Se dirigía a la casa de su amigo con su madre. Él le producía una sensación muy extraña. Sentía como si mariposas revolotearan en su estómago. “creo que me gusta, jeje”…
- “¡No!” No estaba preparado para eso. No podía creerlo, todo había sido tan rápido… estaba confuso. “¡Ayuda!”. Tenía que llamar a la ambulancia. Su cuerpo no le respondía, la visión de aquello le había impactado demasiado. En un intento por acudir al lugar, consiguió moverse, pero tan torpemente que de repente se vio en el suelo. Dificultosamente marco el número de la ambulancia haciendo un gran esfuerzo... “mantenga la calma, una ambulancia va en camino…”
- “¿Dónde estoy?” Veía borroso. Acababa de caerse por completo su pequeño mundo, en un abrir y cerrar de ojos. Ahora estaba en una realidad más que penosa. Le dolía la cabeza. Empezaba a verlo todo claro muy poco a poco. Estaba bocabajo. “¡Mama! ¡Papa!”. No respondían. “¡¿Por qué?!”. Una pequeña corriente de sangre fluía de su cabeza, acababa darse cuenta. El miedo antes fuerte, ahora se apoderó completamente de él. Empezaba a desvanecerse… y al fin quedo inconsciente por completo... menos mal…
- Las lágrimas le brotaban incesantemente. Le dolía la pierna… no, más bien lo contrario, no se la sentía, pero lo más importante: no veía a su madre. La llamaba, pero ella no respondía. La desesperación corría por sus venas, no se podía mover. De repente vio algo, una parte del vestido de su madre. “¡No!” Estaba debajo del coche. Casi ni se veía. Al lado, ese liquido rojo que a ella tan poco le gustaba, formaba un pequeño lago que la inclinación de la calle iba trayendo hacia ella transformándose en un pequeño río. Pero la pendiente también traía otro líquido que se desplaza más ligero. De pronto, éste último río encuentra un obstáculo en su camino… “¡Mamá!”
- “… una ambulancia va de camino”. Fue lo último que escuchó en ese día, y lo último que escucharía el resto de su vida. La explosión lo había impulsado tres metros y el estruendo fue demasiado para sus tímpanos. Tampoco se podía mover, la postura en la que cayó era un poco delicada. Todo ocurrió demasiado rápido. La colilla aún encendida que un conductor habría arrojado minutos antes, el hilo de fuego y… no quería recordarlo, era demasiado. La vida verdaderamente le había cambiado…
- Solo podía llorar y balbucear algo que se parecía a “mamá”. Vio como sucedió todo y no pudo hacer nada. La colilla se encontraba a unos cuatro metros de ella. Si hubiera podido hacer eso que tanto le gustaba, correr, podría haberla apartado en un santiamén. Claro, no pudo, ni podría. A los diez minutos, que le parecieron años oyó de lejos la sirena de una ambulancia. No tenía fuerzas, había perdido mucha sangre, pero viviría, aunque ahora tocaba descansar un poco, su cuerpo y su mente lo hicieron sin preguntárselo. Poco a poco fue desvaneciendo hasta quedar inconsciente…
Paso un mes. Los dos sentados frente al televisor en sus respectivas casas. Sus vidas cambiaron completamente. Ya no sonreían, y no solo no sonreían, él quedo en silla de ruedas y sin poder oír el sonido de las olas chocar contra el pequeño muro del paseo marítimo, que tanto le gustaba. Ella tampoco podía correr, ¿cómo lo va a hacer sin una de las dos partes fundamentales? También echaba de menos a su madre.
¿Y todo esto por una colilla mal apagada y un enfado tonto y absurdo? Si. Son los detalles los que cambian el mundo. Esos detalles que a primera vista pueden ser insignificantes... Utilízalos para levantar el alma hundida de los que están a tu alrededor. Evita los que puedan dañar en lo más mínimo a los demás. La tontería más grande puede convertirse en tragedia. Piénsalo.
tss y nunka le deseo a nadie to eso ave...xrk yo se cmo e estar en silla d ruedas...bexitoos
cuAnDo sEaS eScriTor. Te QuIeRe MucHo,tU pRimiTA..iSa
MUaCkS!!

