(2) ¿La gente no cambia?
- Cada mañana veía flores nuevas en su cuarto. Llenaban la habitación de un aroma tan agradable que por unos segundos se olvidaba de todo lo que había pasado y de donde estaba. La sensación duraba poco. Rápidamente venía a su mente el recuerdo del accidente. Habían pasado dos semanas después de eso. En el hospital le darían el alta hoy, pero tendría que seguir acudiendo casi todos los días para su rehabilitación.
- Su vida era un poco amarga. No tenía amigos debido a que siempre estaban mudándose. Su madre no le quería. Tenía once años y había cambiado veinte veces de colegio. Un niño problemático. Era maltratado y maltratador. Siempre ocurre.
Las personas no cambian, y no solo eso, si no que transmiten su malestar a los demás… o eso dicen ¿no?
- Ese día iba al hospital para continuar su rehabilitación con su peluche preferido. Se lo regaló su madre y era lo único que le daba ánimo. Odiaba el hospital. No le gustaba estar rodeada de ese olor cargado y característico que estos desprenden. De todas maneras había perdido toda esperanza. No creía que en la vida volviera a utilizar la pierna que, por culpa del golpe, ya no podía mover… ni siquiera sentir, aunque lo seguía intentando – tal vez... -. ¿Imaginas que te pase?
- Jugando en la calle (si a pegarle patadas a los bastones de los pobres ancianos se le puede decir jugar) se encontró un peluche. No sabía que hacer. Su instinto le procuraba unas ideas donde el fuego, o la pólvora en forma de petardos hacían de las suyas. Pero su corazón, que por primera vez en mucho tiempo sentía, le decía otra. No sabía porqué. Era un peluche muy bonito. - No me importa que sea bonito… lo quemaré -. No podía. Ya a orillas del río, donde tenía su “campamento” y con los preparativos listos, se dio cuenta que no podía. A lo mejor era porque en la etiqueta que asomaba de la parte de debajo de este, había una dirección y un nombre escrito. Era el nombre más bonito que había escuchado. La conciencia le remordería lo suficiente para quemarlo. ¿Haría una buena obra? – Será la primera que haga… ¿cómo se sentirá uno después de hacerla? -
- Lloraba amargamente. Miraba por la ventana la lluvia caer, había empezado a llover apenas llegó a su casa. No había encontrado su peluche por ningún lado, ni en el hospital, ni en el coche, ni en su casa…
Después de la cena su padre le prometió otro nuevo al día siguiente. Se lo compraría después de ir a rehabilitación y sería más bonito aún que el anterior. No lo quería, estaba claro, no era lo mismo. Mañana no iría a rehabilitación. No… nunca más iría, se quedaría encerrada en su casa. No quería saber nada de nadie.
- La mañana seguía lluviosa, pero el día anterior, en el río, había tomado una determinación: tenía que llevar el peluche a su dueño. Todavía no sabía porque iba a hacerlo. Pero algo le animaba a continuar cuando se lo cuestionaba.
Con paso firme salió de su casa con un paraguas. Mala suerte, el paraguas se rompió con el viento cuando llevaba cinco minutos andando. No importaba. No sabía cómo esa determinación había surgido de su corazón cual fénix de sus cenizas. Guardaba el peluche debajo de su ropa en un intento por mantenerlo seco.
Por fin. Después de veinte minutos andando, cinco estornudando y completamente empapado llegó a la dirección y, dudando un poco (más que nada por vergüenza) llamó al timbre…
- Su padre le había levantado temprano para ir al hospital. Le dijo que no quería, y era muy cabezota, cuando se empecinaba en algo, lo conseguía. Su padre le llevó el desayuno a su cuarto y mientras ella se lo tomaba, su padre le intentaba convencer de una forma cariñosa y amable. No lo consiguió. – ¡Vas a venir y punto! -. La discusión tenía para rato, pero hubo una pausa, alguien llamo al timbre. Su padre bajo a ver quien era y ella balbuceaba enojada mientras lloraba.
Se asustó. Y es normal… de pronto, “algo” que parecía un niño de unos 12 años entró en su habitación con una toalla a su alrededor y casi tapándole la cara. - ¡¿Quién eres?! -. – Tranquila – dijo su padre. Mira lo que te trae… no lo podía creer, ¡era su peluche! Bueno, un poco menos bonito de lo habitual, ¡pero era su peluche!
La pequeña dio un brinco hacia el a patita coja y le abrazó con todas sus fuerzas. No dejaba de abrazarle y de darle las gracias. El niño desconocido estaba empapado y cansado, pero se le olvidó. De sus ojos empezaron a caer gotas.
- Ya las había olvidado. Hacía tiempo que una lagrima no le recorría la mejilla, y desde luego las otras veces no era de felicidad. ¿Por qué? Pensaba. Nunca había un abrazo. ¿Sería solo por ese insignificante peluche? No se había equivocado en la elección. Esa convicción sobre qué hacer con el peluche resultó ser algo tan positivo que nunca lo olvidaría.
¿Que las personas no cambian? ¿Quien dijo eso?
Él le acompañaba a todas las sesiones de rehabilitación. Le daba ánimo y fuerzas. Siempre que caía le ayudaba a levantarse. Le compraba flores, dulces y cuando su pequeña economía se lo permitía algún peluche con forma de corazón.
Veían como mejoraban a pasos agigantados.
Ella, animada por el recuerdo de su madre y por su nuevo y mejor amigo, hacía todo lo que el medico le decía, incluso más, y este no daba crédito de lo que veía, no se lo creía… en cinco meses ella se recuperó por completo, parecía que nunca le había ocurrido nada. Volvió a andar… a correr… a vivir… - ¡Gracias! –.
Él ya no “jugaba”, no le expulsaban de los colegios, ayudaba a su madre aunque nunca recibiera ni una sola muestra de cariño por su parte… pero… las personas cambian, él ya lo sabía por propia experiencia - ¿Por qué no ayudar a mi madre para que ella también lo hiciese? –.
(Dedicado a sara... tu me diste la idea xD)
- Su vida era un poco amarga. No tenía amigos debido a que siempre estaban mudándose. Su madre no le quería. Tenía once años y había cambiado veinte veces de colegio. Un niño problemático. Era maltratado y maltratador. Siempre ocurre.
Las personas no cambian, y no solo eso, si no que transmiten su malestar a los demás… o eso dicen ¿no?
- Ese día iba al hospital para continuar su rehabilitación con su peluche preferido. Se lo regaló su madre y era lo único que le daba ánimo. Odiaba el hospital. No le gustaba estar rodeada de ese olor cargado y característico que estos desprenden. De todas maneras había perdido toda esperanza. No creía que en la vida volviera a utilizar la pierna que, por culpa del golpe, ya no podía mover… ni siquiera sentir, aunque lo seguía intentando – tal vez... -. ¿Imaginas que te pase?
- Jugando en la calle (si a pegarle patadas a los bastones de los pobres ancianos se le puede decir jugar) se encontró un peluche. No sabía que hacer. Su instinto le procuraba unas ideas donde el fuego, o la pólvora en forma de petardos hacían de las suyas. Pero su corazón, que por primera vez en mucho tiempo sentía, le decía otra. No sabía porqué. Era un peluche muy bonito. - No me importa que sea bonito… lo quemaré -. No podía. Ya a orillas del río, donde tenía su “campamento” y con los preparativos listos, se dio cuenta que no podía. A lo mejor era porque en la etiqueta que asomaba de la parte de debajo de este, había una dirección y un nombre escrito. Era el nombre más bonito que había escuchado. La conciencia le remordería lo suficiente para quemarlo. ¿Haría una buena obra? – Será la primera que haga… ¿cómo se sentirá uno después de hacerla? -
- Lloraba amargamente. Miraba por la ventana la lluvia caer, había empezado a llover apenas llegó a su casa. No había encontrado su peluche por ningún lado, ni en el hospital, ni en el coche, ni en su casa…
Después de la cena su padre le prometió otro nuevo al día siguiente. Se lo compraría después de ir a rehabilitación y sería más bonito aún que el anterior. No lo quería, estaba claro, no era lo mismo. Mañana no iría a rehabilitación. No… nunca más iría, se quedaría encerrada en su casa. No quería saber nada de nadie.
- La mañana seguía lluviosa, pero el día anterior, en el río, había tomado una determinación: tenía que llevar el peluche a su dueño. Todavía no sabía porque iba a hacerlo. Pero algo le animaba a continuar cuando se lo cuestionaba.
Con paso firme salió de su casa con un paraguas. Mala suerte, el paraguas se rompió con el viento cuando llevaba cinco minutos andando. No importaba. No sabía cómo esa determinación había surgido de su corazón cual fénix de sus cenizas. Guardaba el peluche debajo de su ropa en un intento por mantenerlo seco.
Por fin. Después de veinte minutos andando, cinco estornudando y completamente empapado llegó a la dirección y, dudando un poco (más que nada por vergüenza) llamó al timbre…
- Su padre le había levantado temprano para ir al hospital. Le dijo que no quería, y era muy cabezota, cuando se empecinaba en algo, lo conseguía. Su padre le llevó el desayuno a su cuarto y mientras ella se lo tomaba, su padre le intentaba convencer de una forma cariñosa y amable. No lo consiguió. – ¡Vas a venir y punto! -. La discusión tenía para rato, pero hubo una pausa, alguien llamo al timbre. Su padre bajo a ver quien era y ella balbuceaba enojada mientras lloraba.
Se asustó. Y es normal… de pronto, “algo” que parecía un niño de unos 12 años entró en su habitación con una toalla a su alrededor y casi tapándole la cara. - ¡¿Quién eres?! -. – Tranquila – dijo su padre. Mira lo que te trae… no lo podía creer, ¡era su peluche! Bueno, un poco menos bonito de lo habitual, ¡pero era su peluche!
La pequeña dio un brinco hacia el a patita coja y le abrazó con todas sus fuerzas. No dejaba de abrazarle y de darle las gracias. El niño desconocido estaba empapado y cansado, pero se le olvidó. De sus ojos empezaron a caer gotas.
- Ya las había olvidado. Hacía tiempo que una lagrima no le recorría la mejilla, y desde luego las otras veces no era de felicidad. ¿Por qué? Pensaba. Nunca había un abrazo. ¿Sería solo por ese insignificante peluche? No se había equivocado en la elección. Esa convicción sobre qué hacer con el peluche resultó ser algo tan positivo que nunca lo olvidaría.
¿Que las personas no cambian? ¿Quien dijo eso?
Él le acompañaba a todas las sesiones de rehabilitación. Le daba ánimo y fuerzas. Siempre que caía le ayudaba a levantarse. Le compraba flores, dulces y cuando su pequeña economía se lo permitía algún peluche con forma de corazón.
Veían como mejoraban a pasos agigantados.
Ella, animada por el recuerdo de su madre y por su nuevo y mejor amigo, hacía todo lo que el medico le decía, incluso más, y este no daba crédito de lo que veía, no se lo creía… en cinco meses ella se recuperó por completo, parecía que nunca le había ocurrido nada. Volvió a andar… a correr… a vivir… - ¡Gracias! –.
Él ya no “jugaba”, no le expulsaban de los colegios, ayudaba a su madre aunque nunca recibiera ni una sola muestra de cariño por su parte… pero… las personas cambian, él ya lo sabía por propia experiencia - ¿Por qué no ayudar a mi madre para que ella también lo hiciese? –.
(Dedicado a sara... tu me diste la idea xD)

